Lunes, 18 Diciembre 2017

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CRÓNICA NEGRA | Dios no pudo impedir que las asesinaran

CRÓNICA NEGRA | Dios no pudo impedir que las asesinaran

Todo estaba revuelto y sobre un rinconera había una Biblia manchada de sangre. Otra Biblia yacía en el piso junto con varios papeles, algunas revistas y un adorno de cerámica que se había partido. Costaba caminar sin mancharse de aquel líquido rojizo que estaba regado por doquier.

Una de las mujeres había sido sorprendida sentada en una silla y allí mismo la amarraron y le dieron muerte. La otra fue hallada sin vida en el piso de una habitación contigua. El doble crimen ocurrió en el edificio cuatro de la urbanización Cristóbal Rojas, mejor conocida como Parosca, municipio Lander de los Valles del Tuy.

La policía no entendía el ensañamiento ni tampoco aquel mensaje que el asesino había dejado en una de las paredes del apartamento, escrito con marcador y que decía “muerte a los testigos”. Uno de los policías le tomó varias fotos al escrito al tiempo que comentaba en voz alta “algo vieron estas dos infortunadas que el criminal no quería que se difundiera”. Pero las investigaciones ulteriores arrojaron como resultado que cuando el criminal dijo “testigos” no quiso referirse a aquella persona que estaba cuando ocurrió algo y vio todo, sino más bien a los “Testigos de Jehová”, una religión cristiana que cuyos fieles honran a Jehová, a quien atribuyen la creación del Universo y de la Biblia.

Las infortunadas. Las víctimas fueron identificadas como las hermanas Milta Mireya Joseph, de setenta y un años de edad, y Cecilia Josefina Joseph, de sesenta y cinco años. Ambas fueron salvajemente golpeadas y presentaban puñaladas en diferentes partes del cuerpo.

Nunca tuvieron hijos, ni esposos. Milta era enfermera jubilada del Ministerio de Salud, después de trabajar por décadas en el hospital J. M. de los Ríos en Caracas, mientras que Cecilia era profesora de inglés y había trabajado en varios liceos de la región ocumareña. Eran testigos de Jehová y solían reunirse en un salón ubicado en las residencias Parque Central de Ocumare del Tuy.

El domingo era un día de congregación obligada de los fieles, por lo que fueron muchos los que se extrañaron cuando no vieron aparecer en el salón a las dos mujeres. La angustia aumentó porque eran muchos los que coincidían en que llevaban varios días que no la veían ni en el centro del pueblo, ni en el mercado, ni por la urbanización y ellas no eran mujeres de estar viajando y mucho menos, sin avisar.

Encomendaron a tres de las compañeras que vivían cerca a que fueran a investigar pero nadie las había visto desde hacían varios días. Las llamaron a través de la puerta y nada, por lo que decidieron dar parte a la policía.

La venganza. El profesor de música llegó al acto velatorio, saludó a algunas de las personas que se encontraban en la sala y se dirigió directamente a cada uno de los ataúdes. Se hizo la señal de la cruz y comenzó a rezar en silencio. Tres viejitas lloraban abrazadas en un rincón, mientras una señora, que se secaba a cada instante los mocos y las lágrimas con un pañuelito blanco conversaba en voz baja con un señor de ojos grandes y brotados que recién acababa de llegar y que vestía un traje gris oloroso a naftalina y una corbata negra. Era difícil precisar, de todos los presentes en el salón, quiénes eran los parientes o quiénes eran compañeros del culto, todos se notaban consternados, adoloridos.

El asesino. Cuando la policía anunció que el caso estaba resuelto, el pueblo de Ocumare se paralizó. Todos querían conocer la identidad del criminal que había sido capaz de cometer un crimen tan atroz, y miren que en Ocumare han ocurrido cosas verdaderamente feas.

“El asesino de las señoras Milta Mireya y Cecilia Josefina resultó ser el joven Ángel Adolfo Díaz Castro, de veintiséis años de edad”, dijo el comisario en rueda de prensa transmitida casi que en cadena regional. Todos quedaron como si nada, porque aquel nombre, por sí solos no les decía nada. El comisario prosiguió “este joven es profesor de música y había sido miembro del Salón del Reino de los Testigos de Jehová, donde fue compañero de las dos infortunadas”. Ahora sí hubo un “¿queeeeeeee???” generalizado, acompañado de un “¡¡¡no puede ser¡¡¡. “ Ese miserable incluso estuvo en el velorio y hasta le rezó a las hermanas. Yo lo vi. Era el diablo en persona. El pertenecía a la congregación pero lo expulsaron porque andaba en cuestiones de drogas y robos y nunca quiso enmendarse”, dijo una señora en voz alta.

Explicación. Ciertamente Ángel Adolfo confesó a la policía que había asesinado a las dos señoras en venganza porque ellas fueron fundamentales para que lo expulsaran de la Iglesia de los Testigos de Jehová y que no le permitían reincorporarse. Igualmente les dijo que una vez que las vio muerta, decidió limpiar algunas huellas y apoderarse de algunas cosas de valor para tratar de confundir de que el asesino había sido un ladrón.

La policía halló en su poder los cuchillos con los que dio muerte a las infortunadas, así como un teléfono celular marca Huawey y una laptop, un instrumento musical, y varias prendas de vestir que pertenecieron a las dos infortunadas asesinadas.

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